Recuerdos de Verano

Mi Experiencia de Oración –

Por Francisco de Jesús Masuda Ken


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ronto va a hacer dos años que ingresé en la Congregación. Durante este tiempo en que he vivido en una comunidad en la que abunda la “alegría de Dios”, he aprendido mucho de las relaciones de amor y fraternidad con todos hermanos. Me resulta difícil expresar con palabras toda la alegría y la gracia que he experimentado en ella. Aquí sólo intentaré compartir alguno de mis recuerdos de las vacaciones de verano.

Al acabar el primer trimestre en la Universidad de Sofía, me sentía muy ilusionado haciendo planes para las vacaciones de verano. Pidiendo a Dios que me guiase, me sentía ilusionado pensando en la posibilidad de poder hacer nuevas experiencias de algo desconocido para mí. Sólo empezar el mes de Agosto volví a Osaka y fui a mi casa. Al reencontrarme con mis padres después de un largo tiempo y recibir de ellos un fuerte abrazo, su afecto me hizo sentir el amor de Dios como algo muy real e imprescindible en mi vida.

Durante el tiempo que estuve viviendo con mi familia iba a ayudar al P. Franquesa al Colegio del Keiko, en el que estudié y que llevaré siempre en mi recuerdo. Estuve colaborando con él en los trabajo del Grupo de Estudio Católico del Colegio. Al acabar el trabajo que me resultaba muy interesante, participaba también en la Misa que decía el P. Franquesa. Para mí era como un profundo suspiro de alegría por los todas las gracias que recibí durante los 6 años pasados en el Keiko y por todas las que estoy recibiendo actualmente como seminarista. En estas ocasiones la única oración que puedo repetir con sencillez y espontaneidad es “gracias Dios mío”.

Después, a principios de septiembre, fui a hacer 5 días de retiro individual a la Casa de Ejercicios que los Pasionistas tienen en Mefu cerca de Kobe. Era la primera vez que hacía un retiro de este tipo, pero gracias a la acogida tan calurosa de los Pasionistas y a su dirección fueron para mí unos días de gracia. Durante esos días además de reafirmarme en mi vocación, experimenté profundamente la alegría de sentir que Cristo estaba conmigo a pesar de todos mis fallos. Gracias sean dadas a Dios!

Con toda la fuerza que recibí de esos días tan bonitos y sabrosos me dirigí a Tottori para realizar el plan más importante del verano, es decir, pasar unos días en la Institución “Matsu no Seibo Gakuen” que los Hermanos de la Caridad tienen allí para personas discapacitadas. Para mi fueron unos días de muchas experiencias nuevas. De manera especial hasta ahora nunca había pensado que ayudaría en el trabajo de recolección de la cosecha. Al participar después en la Misa y al escuchar las palabras de ofrecimiento del pan y del vino “fruto de la tierra y del duro trabajo del hombre” no podía sino asentir y me costaba aguantar la risa pensando en la experiencia que había tenido de ello.

De todas maneras no fue ésta la experiencia más profunda que tuve en el Seibo Gakuen, sino las que la tuve sobre diversas formas de oración. En primer lugar, mi encuentro con la oración lo tuve orando con los Hermanos de la Caridad. Cada noche al participar en la Misa y orar en silencio delante del Santísimo, recibía la gracia de sentir cómo se recuperaban mi espíritu y mi cuerpo fatigados por el trabajo del día. En aquellos ratos me venían a la mente las siguientes palabras de la Escritura: “Permaneced en mí como yo permanezco en vosotros. Como el sarmiento no puede dar fruto si no permanece unido a la vida, tampoco vosotros podéis dar fruto si no permanecéis unidos a mí. Yo soy la vid. Vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto” (Jn. 15:4-5)

Al mismo tiempo tuve un encuentro también con la manera de orar de los hermanos que no se ve a simple vista. Esa oración no es otra que sus obras de caridad. En medio del horario tan ocupado que tenían, me llevaron a visitar diversos lugares turísticos para que pudiese disfrutar de mi estancia allí. Eso me hizo sentir su gran amor, y que Cristo me hablaba por medio de ellos. Realmente, pensar en el gran amor que Cristo me demuestra todos los días a pesar de no merecerlo, para mí es como una llamada a corresponder a ese amor por medio de mis queridos padres y hermanos claretianos, mis compañeros de universidad y de todas aquellas personas con la que me encuentro cada día… Como dice el Salmo 116:12, “¿Cómo responderé yo al Señor?” ¡Mi repuesta consiste en hacerme siervo del Señor y misionero de su amor…! Estos pensamientos me hacían sentir como si tuviese dentro de mí un manantial de agua viva.

El lugar en el que tuve otra experiencia de oración fue al jugar con los niños del Seibo Gakuen. Al ver la sonrisa de los niños iluminando toda su cara y al contemplar la energía con la que jugaban que se manifestaba en todo su cuerpo, me hizo comprender mejor el sentimiento de Jesús cuando dijo “dejad que los niños se acerquen a mí”. Sentía que esos niños, aunque ellos no fueran conscientes de ello, estaban ofreciendo a Dios una oración como la de los serafines que alaban a Dios con todo su amor. Es impensable que Dios no esté acogiendo con su abrazo a esos niños tan cariñosos. En realidad tengo la convicción de que la existencia de esos niños se halla siempre en los brazos amorosos de Dios.

De esta manera, además de la experiencia de oración durante el retiro en la tranquilidad de la capilla, tuve al salir fuera esa otra experiencia distinta de oración. Pero en ambas hay algo común, y es que la auténtica capilla es estar en los brazos de Dios. Yo cada día rezo en la comunidad y estudio en la universidad. Los niños juegan con toda su energía y las personas con problemas y dificultades se esfuerzan para seguir adelante en su vida. Dios no les puede haber dejado de su mano. Por el contrario seguro que los atrae a sus brazos con enorme compasión y los abraza con gran ternura. Nosotros no nos podemos imaginar una capilla o “lugar sagrado” que resplandezca más que en el interior de los brazos de Dios. Es decir, cuando todo se convierte en oración, seguro que nuestra oración también es transformada por la gracia de Dios.

Estas son algunas de las experiencias que tuve, aunque me resulta imposible poder expresarlas como quisiera. Por eso lo que he escrito aquí no vale gran cosa. De todas maneras mi deseo es poder seguir creciendo arropado por el gran amor de la congregación y a pesar de mis fallos llegar a ser un servidor al que Dios se digne usar. Y acabo pidiendo para todos los hijos del Inmaculado Corazón de María una bendición copiosa.

 

23 de Septiembre del 2005.

Comunidad de Tokyo